-¿Es una tiara dorada, lo que trae el cisne que encabeza la formación?– Angelo preguntó incrédulo.
-Eso parece. – Milo, dudaba de lo que sus ojos estaban mirando.
-Pero eso es absurdo, los animales no usan esas cosas.
-Hermano, si no es una tiara, entonces es una protuberancia muy extraña, la que le salió al pájaro ese en la cabeza.
Todos rieron ante el comentario de Kanon, a excepción de Shura, quien se había mantenido al margen de la conversación, y alejó un poco hacia el lago, de tal forma que el agua mojaba su finas botas.
Miraba fijamente al bello cisne, que efectivamente, llevaba una pequeña corona áurea. En un momento las miradas del humano, y el ave se encontraron. El príncipe quedó sorprendido con los ojos del cisne, esa mirada no podía pertenecer a un animal.
-Nos llevaremos algunos de estos “patitos”, como trofeo esta noche. – DeathMask preparó su arco, y apuntó con una flecha a las hermosas aves.
Como en acto reflejo, el perfecto cisne, nado colocándose al frente, como si pretendiera proteger con su cuerpo a las demás aves.
Justo cuando Angelo iba a disparar, un enorme búho negro, comenzó a volar en círculos, alrededor de los amigos del príncipe. Un rayo rojizo, salió de sus verdes ojos, impactando en las armas que Angelo sostenía.
-¡Ahhhh! – DM, tuvo que soltar el arco, y la flecha - ¡Están ardiendo, me quemaron las manos!
Shura reaccionó con el grito, y volteó para ver que le pasaba a sus amigos. Al mismo tiempo, el búho se dirigió hacia los cisnes, que asustados, remontaron el vuelo hacia el otro lado del lago.
-¿¡Angelo estás bien?! ¿¡Todos están bien?! – El príncipe caminó hacia sus amigos, los miraba uno a uno, con preocupación.
-Si, estoy bien.
-¡¿Que demonios fue eso!? – Milo, se acercó para revisar las manos de DM.
-Deberíamos regresar al castillo, este lugar es raro, y peligroso.
-Si, Kanon, y yo hemos escuchado historias extrañas, sobre esta área del bosque.
-¡No! Si quieren, ustedes regresen, yo iré al otro lado. – Shura no esperó una respuesta por parte de sus compañeros de caza, corrió hacia su caballo, y salió a todo galope, tratando de alcanzar la otra punta del lago, que se encontraba oculta, tras una saliente rocosa.
Los gritos de sus amigos pidiéndole que esperara, se escuchaban cada vez más lejanos. Abriéndose paso con su espada, entre arbustos, y otro tipo de extraña vegetación, el príncipe avanzó con determinación, impulsando a su montura, cuando esta, se negaba por miedo, o desconfianza a seguir adelante.
Por fin, Shura pudo llegar al otro lado, y guardó en su vaina la espada. Era un lugar inhóspito, a diferencia de la otra orilla del algo, poca vegetación crecía en los alrededores, y el viento soplaba, con mayor intensidad. La saliente rocosa, que se veía desde el otro lado, ocultaba lo que parecían, las ruinas de una torre.
La parvada de cisnes blancos, estaba en la orilla, y comenzaban a salir del agua en perfecto orden, lo cual era un comportamiento extraño en las aves.
El príncipe desmontó, y se quedó muy quieto, observando. Los últimos rayos de sol, iluminaron como fuego el horizonte, dando paso a la oscuridad de la noche. Solo una creciente luna, y las estrellas, brindaban un poco de luz.
Fue entonces, cuando algo inimaginable sucedió, las aves formaron un medio círculo, rodeando a aquel que era el líder de la parvada. Un halo de luz plateada envolvió a los cisnes, blancas plumas comenzaron a volar por todas partes, y ante los ojos atónitos del joven príncipe, se transformaron en bellos jóvenes; siendo el más hermoso de todos, aquel quien llevaba con elegancia la tiara dorada.
Shura creía haber caído en un sueño mágico, no podía despegar la mirada del bello joven, que antes había sido un cisne. Su piel tenía una tonalidad rosada, y se adivinaba tan suave, sus blancos ropajes le daban un aire divino. El azul celeste de su largo y ondulado cabello, era el marco perfecto, para el rostro angelical que poseía. En su cabeza, la dorada tiara resplandecía; se movía con gracia y gallardía. Con amabilidad se acercaba a los otros jóvenes, cuatro de los cuales, eran poco más que niños.
El príncipe de oscuros cabellos, caminó dirigiéndose a la orilla del lago, intempestivamente, sin pensar. Su caballo relinchó, llamando la atención del séquito de jóvenes, vestidos de blanco.
Un pelirrojo, y otro de cabellos lilas, se colocaron frente al joven de cabellos celestes, adoptando posición de guardia.
-¡Regresa por donde has venido!– el joven de cabellos rojos elevó la voz amenazante.
-¡No permitiremos, que te acerques a nuestro príncipe! – el pelilila dio un paso al frente como para enfrentarse a Shura.
El príncipe de cabellos oscuros no emitió respuesta alguna, no podía salir de su asombro, y su embelezo, sin duda, todos ellos eran los jóvenes más hermosos, que hubiera conocido jamás, y además estaba el misterio de su transformación.
-Camus, Mu, está bien. No hay ningún problema. – el peliceleste hizo a un lado a ambos jóvenes, con amabilidad, adelantándose a ellos. – Este joven no nos hará daño, ¿verdad, que no?
Aclarándose la garganta, Shura habló.
-No represento peligro alguno para ustedes, soy el príncipe Shura, heredero al trono de este reino. ¿Quién eres tú?
-Mi nombre, es Afrodita. Y ahora, te pido que te vayas, y no regreses jamás.
-No me iré, quiero saber que es todo esto. ¿Ustedes son cisnes que se transforman en humanos, o viceversa? ¿ Quien es el responsable de todo?
Afrodita suspiró, y bajó su mirada, por la determinación, que se reflejaba en los ojos de Shura, sabía que no se iría, sin obtener respuestas.
-Camus, déjenos solos.
-Pero Afrodita…
-Mu, cuida de los más jóvenes, en lo que yo los alcanzo.
-Pero, si ÉL se da cuenta…
-No correré riesgo, no tardaré.
Con reticencia, Camus y Mu obedecieron, llevándose al resto de los jóvenes con ellos, hacia la torre.
-Afrodita, eres el ser más hermoso de este mundo. ¿Qué eres?¿Quién eres? – dijo Shura, tomándole la mano.
El peliceleste sorprendido, trató de zafar su mano, pero al mirar en los ojos verdes de Shura, dejó de intentarlo. Podía leer en ellos, honestidad, valentía. Sabía que el joven príncipe era poseedor de un gran, y noble corazón. Afrodita, sintió un leve dejo de esperanza.
-Ya te lo dije, me llamo Afrodita, y soy un príncipe, aunque mi reino fue destruido ya hace mucho tiempo. Esa torre, es lo único que queda de mi castillo, y este lago de agua salada, se formó con las lágrimas que mi madre, la reina, y mi pueblo, derramaron por mí, antes de ser destruidos. Los otros jóvenes, y yo, estamos bajo un hechizo, que nos transforma durante el día en cisnes blancos, y sólo al caer la noche, podemos recuperar nuestra forma humana.
-Pero, ¿¡quien te hizo esto?!
Aún tomados de la mano, los dos jóvenes caminaban cerca del lago, en dirección opuesta a la torre.
-Un poderoso hechicero. Sin duda en el bosque, justo cuando uno de tus amigos fue atacado, viste a un buho negro, de gran tamaño.
-¿Ese es el hechicero?
-Es la forma que adopta para vigilarnos durante el día, y protegernos de los cazadores. Posee grandes poderes, y si lo conozco bien, en estos momentos, Rothbart está escuchando, escondido en las sombras.
-¿Rothbart?
-Si, Hades von Rothbart, es su nombre, y ahora será mejor que te vayas, príncipe.
Shura sentía que una furia silenciosa crecía en su interior. ¿Como alguien, se había atrevido, a dañar a tan delicado joven? Se apartó unos pasos, miraba hacia las sombras que proyectaban los riscos, y la pobre vegetación a su alrededor. Con decisión desenfundó su espada.
-No me iré Afrodita, ya te lo dije. ¡Obligaré a ese Hades a largarse de aquí, es una amenaza para mi reino!
-¡Shura por favor, él no está interesado en tus tierras o tu gente, si lo ignoras, ni siquiera se darán cuenta que está aquí! ¡¿De verdad crees que podrías vencer a Hades con esa espada!? – Afrodita corrió hacia el pelioscuro, sujetando el brazo que portaba la espada.
-¿Qué te hace pensar que no podría? No hay nadie, que me iguale en el manejo de la espada, Rothbart no tendrá oportunidad.
-Él sólo destruyó todo mi reino, y aunque traté de defenderlo con todas mis fuerzas, fue inútil. – Afrodita dejó escapar un largo suspiro lleno de tristeza – En realidad, la desgracia que cayó sobre mi pueblo, es mi culpa.
-¿Tu culpa? – Shura estaba confundido.
-Hades llegó a la corte de mi madre, para pedir mi mano en matrimonio. De inmediato me negué, percibía algo malvado en él. Siguió insistiendo, una, y otra vez, y yo continué negándome; amenazó con destruirnos a todos. Yo mismo encabecé la defensa del reino pero fue inútil, los mató a todos. Tomó como prisioneros, a mi madre, y a los jóvenes más bellos del reino. Y a mí me forzó a vivir como su consorte. - Afrodita miraba el lago con tristeza -
Mi madre murió, al poco tiempo, sólo sobreviven aquellos jóvenes, que sufrieron la misma nefasta suerte que yo.
-Pero ¡¿por qué Rothbart puso ese hechizo sobre ti?! ¡¿Por qué convertirte en un cisne, cada mañana?!
-Para que ningún hombre pueda conocerme. Si alguien llega a amarme sinceramente, con todo su corazón, y su alma, entonces Hades perderá sus poderes, y morirá. Encaprichado conmigo, selló su destino al mío, y es por eso que me cuida tan celosamente. Y también, para demostrar, que le pertenezco por completo.
-Entonces, mi amor por ti lo destruirá- Shura hablaba con el corazón, en ese corto tiempo, se había enamorado perdidamente, de Afrodita. Su belleza, su triste historia, la forma en que se preocupaba, y cuidaba de sus compañeros, habían despertado en el joven príncipe, verdadero amor.
-¡No digas eso, solo lograrás que Rothbart te mate! – El peliceleste horrorizado miró hacia todos lados, y tomando al príncipe de la mano, corrió con él, a toda prisa, hasta ocultarse detrás de la torre.
Esa noche, sorpresa tras sorpresa habían dejado a Shura desconcertado, pues atrás de la ruinosa construcción, se encontraba un hermoso, y pequeño jardín; un remanso de paz y belleza, en contraste, con la desolación a su alrededor. Solo en ese lugar, algunos árboles, arbustos, y sobre todo rosales, se mostraban en todo su esplendor.
Por primera vez, en todo su encuentro, Afrodita pareció relajarse, y acercándose, lentamente, se abrazó con fuerza a Shura.
-No vuelvas a pronunciar esas palabras, Hades es mucho más fuerte que tú.
-Nada, ni nadie, es más fuerte, que lo que siento por ti. – No había rastro de duda, en la voz del príncipe de ojos verdes, estaba firmemente convencido, de su amor por el bello Afrodita. – Desde ese momento, en que nos miramos en el lago, antes del anochecer, aunque tenías la forma de un cisne, tus ojos me mostraron quien eras, y supe que no podría amar a nadie más, en toda mi vida. ¡Se que nos acabamos de conocer, pero estoy seguro, que nadie, podría amarte tanto, como yo te amo!
Con delicadeza, Shura tomó entre sus manos el rostro del peliceleste, acercó su rostro, y depositó un dulce beso, en los rosados labios, del príncipe cisne.
Al principio, Afrodita no reaccionó, presa del temor, y la incredulidad, toda esperanza había desaparecido de su alma. Pero ahora, aquí estaba, este bello príncipe, quien clamaba amarlo con honestidad. Abandonándose a sus sentimientos correspondió el beso.
Fue lo único que Shura necesitó, para envolverlo en su brazos, y profundizar el beso, exploró esa boca anhelante de amor, saboreó esos labios, con sabor a dulce ambrosía.
Ambos jóvenes se arrodillaron, recorriendo con caricias sus cuerpos, descubriéndolos. Afrodita se recostó, y la frescura del verde pasto lo envolvió, su cuerpo vibraba, cual si fuera una rosa, que se abre por las mañanas, al sentir los rayos del sol. Para él, Shura era su sol, su esperanza, y aquel, que después de años de soledad, le había robado el corazón.
Pronto, los jóvenes amantes, se encontraron desnudos. La piel del peliceleste, era tan blanca que parecía brillar en la oscura noche; era tersa y delicosa, Shura nunca había visto nada igual.
El cuerpo del ojiverde era perfecto, cada músculo trabajado a conciencia, su pecho fuerte, sus brazos poderosos, Afrodita sentía que nada podría dañarlo, bajo la protección, de su adorado príncipe.
Besos, caricias, dulces gemidos, palabras de deseo y amor, se sucedieron, uno tras otro, y cuando sus cuerpos ardientes estuvieron listos, Shura penetró a Afrodita con sumo cuidado, no quería lastimarlo, inició sus embestidas, con un ritmo sutil, permitiendo que su bello amante, se acostumbrara, y sus cuerpos de acoplaran, como si fueran uno solo.
Afrodita se dejó hacer, disfrutó cada instante, cada movimiento. Sus brazos, y piernas, se entrelazaban para tratar de fundirse, uno en el otro; cada sonido, que brotaba de sus gargantas, era una armoniosa melodía.
Muchas veces, Hades lo había forzado, era su derecho, según sus propias palabras; pero era la primera vez, en muchísimos años, que volvía a hacer el amor.
El ritmo de esa danza instintiva, se intensificó, hasta que llegó el momento del climax; cuando todo parece detenerse, y solo el desbocado palpitar de los corazones amantes, continúa, y el sonido de un par de gargantas, que buscan liberar, el sentimiento contenido, se escuchan. Shura y Afrodita, habían dejado de ser dos individuos, para transformarse en un solo ser.
Permanecieron abrazados por un tiempo, recuperando el aliento, pero la noche llegaba a su fin, así que Shura se levantó, y vistió, para después ayudar a su amado, a vestirse también. Ambos amantes, salieron del idílico jardín, pero antes, Afrodita cortó una rosa blanca, entregándosela a su príncipe.
-Te amo Afrodita. Siempre lo haré.
-Yo también te amo Shura, y pase lo que pase, no dudes de mi amor por ti.
-Mañana por la noche, en el castillo de mi familia, habrá un baile en mi honor, cumplo veintiún años, y he de elegir con quien casarme. - El pelioscuro, tomo con ambas manos, las de su amado – Por favor, Afrodita, debes asistir, y así te elegiré como mi esposo.
-Shura, yo…
-Promete que irás al castillo, cásate conmigo, y así nunca más tendrás que temer, y ceder a los deseos de Hades.
-Hades nunca me dejará ir…
-¡Yo mismo vendré por ti, entonces!
-¡No! Debes irte, la mañana se aproxima, Rothbart aparecerá y te matará.
-¡Promete que asistirás mañana, o si no, no me iré! ¡Prefiero que Hades me mate esta noche, a tener que vivir toda una vida sin ti!
-Lo…lo prometo… - Afrodita susurró dubitativo, haría cualquier cosa con tal de poner a salvo a Shura, incluso mentir.
Un enorme buho negro, llegó volando en ese instante, pasó entre los dos amantes, separándolos, y haciéndolos caer. El ave aterrizó a unos metros, y una intensa luz roja, cegó a Shura, y plumas negras comenzaron a volar, por todos lados. Cuando el príncipe aclaró su vista, descubrió a un hombre, muy alto, de presencia imponente, cabellos negro azabache, y unos penetrantes ojos verdes, con una desconcertante, y perturbadora mirada llena de calma. Afrodita, se encontraba arrodillado a sus pies.
-Así, que quieres llevarte, lo que me pertenece, por derecho.
-¡Ningún derecho! Usted, mantiene prisionero a Afrodita, y no permitiré que esta situación continúe. - Con un silbido llamó a su caballo, y de una de las alforzas, sacó la ballesta que su madre le había regalado, la cargó con una flecha, y apunto al pecho de Hades.
De la ruinosa torre, Camus y Mu, llegaron corriendo a toda prisa, con desesperación el pelirrojo, tomó ambos brazos del príncipe, al tiempo, que el otro joven, lo sujetaba por la espalda.
-¡Suéltenme! ¡¿Que creen, que están haciendo?!
- No dispares. - Mu le imploró en un susurro.
Shura, dirigió su mirada hacia Hades, sorprendiéndose, al ver que Afrodita, se había levantado, y ahora estaba de pie, frente al hechicero, con sus brazos extendidos a los lados, protegiéndolo, como si fuera un escudo.
De los celestes ojos del príncipe cisne, brotaron una cristalinas lágrimas, al tiempo que negaba con su cabeza, de forma suplicante.
-Shura, escúchame… - Camus trataba de razonar con él – Si hieres de muerte a Hades, o en el remoto caso, que lograras matarlo antes de liberarnos, el hechizo jamás se romperá, y seremos cisnes para siempre.
-¡Vamos valiente, y noble príncipe, dispara! ¡Condénalos, para toda la eternidad! - Hades, soltó una carcajada burlona.
El hechicero, dejó súbitamente de reir, extendió su brazo derecho al frente, y sus ojos brillaron con un destello rojizo.
-¡Argggg! -Shura dejó caer la ballesta, llevándose una mano al pecho, un intenso y terrible dolor, lo obligó a arrodillarse, sentía que su corazón se quemaba. Camus, y Mu, lo sostuvieron, y trataron de ayudarlo.
-¡No, no! ¡Basta mi señor, deténgase, él no representa peligro alguno, para usted! – Afrodita veía con horror, como la mirada de Shura se iba apagando, se giró, y desesperado se agarró de los negros ropajes de Hades. – Vamos, mi señor, perdónele la vida, se lo suplico.
-Hmmm, sabes que no puedo negarte nada, hermoso – Con indiferencia, lentamente bajó el brazo, liberando el corazón del príncipe – ¡Llévenselo de aquí!
Los dos jóvenes cisnes, obedecieron de inmediato, Camus recogió, y guardó la ballesta; ayudo al pelioscuro, a caminar. Mu, tomó las riendas del caballo.
-Afrodita… - dijo Shura con un hilo de voz. Las miradas de ambos amantes se encontraron, por última vez. Una llena de tristeza, y la otra avergonzada, por no haber podido defender a su amor.
Minutos antes del amanecer, alcanzaron el otro extremo del lago. El príncipe, ya recuperado por completo, caminaba cabizbajo.
- Aquí nos despedimos príncipe, fue muy noble lo que trataste de hacer, pero…
- No me rendiré. – Shura interrumpió las palabras de Mu. – Afrodita prometió acudir esta noche, al baile en el castillo.
-Eso es imposible.
-Camus, ustedes pueden ayudarlo, él debe asistir. Allí frente a mis padres, mis amigos, y toda la corte, le juraré amor eterno, y nos comprometeremos en matrimonio. Así el hechizo se romperá, y ustedes, serán libres al fin.
Los dos jóvenes cisnes se miraron, el pelilila asintió sonriendo sutilmente. Camus caminó hacia el lago, adentrándose en las aguas. Mu, tomó la mano de Shura, y le dio, un ligero apretón, para después, correr al lado de su compañero. Sus cuerpos, comenzaron a despedir una luz plateada, muy intensa, y de la nada, miles de plumas aparecieron, envolviéndolos.
-Esta bien Shura, trataremos de que él asista, pero no te aseguro nada… - Fue lo último, que Camus, pudo decir antes de transformase, por completo en un cisne.
Del otro lado del algo, la transformación de Afrodita, se llevó a cabo mientras se encontraba, entre los brazos de Hades, quien lo liberó, para que emprendiera el vuelo, junto a los demás jóvenes, que habían salido de la torre.
Camus y Mu, se unieron a la parvada, cuando volaron sobre el lugar donde se encontraban.
-¡Te estaré esperando! – Shura gritó con todas sus fuerzas.
El hermoso cisne, con la tiara dorada, miró hacia abajo por una fracción de segundo, para ver, a su amado príncipe.
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